Debe ser que la palabra política, esta en su vocabulario o trabajo permanente.

Política nacional de medicamentos.
Políticas nacionales hospitalarias.
Política nacional de atención al paciente.
Política nacional social.
Política de privacidad.
Política de cooperación.
Política de recursos humanos.
Política sanitaria.
Política del registro de médicos.
Política en una nueva administración.

Yo creo que muchos médicos de este país usufructúan de las confianzas depositadas por los pacientes. Quiero ir a lo medular, si los médicos tanto les gusta la política y el bienestar publico, el porque no hacen una ley, sobre como debe ser una receta legible, tanto para el paciente como para el Químico farmacéutico, quien hoy en día parece calígrafo, tratando descifrar dicha receta, en ves de receta parece hoja de jardín infantil.

¿Quién paga, tanto viaje de médicos al extranjero, realizado por los laboratorios?

No será este el motivo de que los medicamentos en este país, sean extremadamente caros y los viajes al extranjeros hay que financiarlos, el porque los médicos siempre recetan medicamentos, de un mismo laboratorio o es una coima encubierta.

Médicos en política no será, que son tan malos médicos y han sido echado de tantos lugares, que ya nos les queda otro lugar para profitar, de su titulo de medico al servicio de las personas.


Pablo Ramírez Torrejón (PD)
En una entrevista publicada hace un par de días en este diario, Pablo Longueira comentaba con cierta displicente ironía la actitud que han tomado en sus campañas electorales los candidatos que son médicos, quienes no sólo se han puesto de acuerdo para aparecer en sus afiches fotografiados con su delantal blanco y su estetoscopio, sino que además llaman a votar por el "doctor" o la "doctora", como en las teleseries venezolanas, en lugar de promoverse con su nombre a secas. Le encuentro toda la razón a Longueira en su queja. Aquí viene como anillo al dedo recordar otra opinión suya: que Chile es un país rasca. ¿Hay cosa más rasca que hacerse llamar doctor a pito de nada que no sea echar la caballería por delante? El doctoreo es parte de ese rasquerío tropical que antes nos daba risa pero que poco a poco se nos ha vuelto una costumbre, dándole agüita a nuestro clasismo congénito, que es un lastre del que difícilmente lograremos desprendernos si lo único que hacemos es entronizarlo.

Al exhibirse frente al electorado con sus delantales blancos y sus estetoscopios, los candidatos doctores no hacen otra cosa que disfrazarse para vender una confiabilidad que, vestidos de civil, no son capaces de mostrar.

Coincidentemente, mientras Longueira disparaba sus dardos contra los candidatos doctores, la Policía de Investigaciones atrapaba a Juan Ríos Ferreira, un estafador profesional cuyo modus operandi era, precisamente, disfrazarse de médico para comprar artículos de segunda mano con cheques robados, amparándose en la garantía de confiabilidad que se supone dan el delantal blanco y el estetoscopio. Pues bien, ¿qué otra cosa están haciendo los candidatos doctores sino disfrazarse frente al electorado para borrar cualquier sombra de duda y vender una confiabilidad que ellos, vestidos de civil, no son capaces de mostrar?
Ese modo de proceder está basado en nada más que la ignorancia y la superchería. En Chile, al menos, los médicos no han abandonado su sitial de chamán de la tribu y al parecer tampoco tienen la menor intención de hacerlo. A ellos pareciera no bastarles hacer bien su trabajo, recibir una remuneración insolente por él y, de yapa, quedar con la satisfacción moral de haber sanado a alguien que estaba en problemas: además quieren que su prestigio, su renombre y su respetabilidad brillen como el oro y sean un subentendido irrebatible de la sociedad, para que, a la sola mención de la palabra "doctor", rindan sus frutos. Les conviene retozar en el aura de santidad que la ignorancia les asigna, pues con ella fortalecen a nivel popular el andamiaje de su presumida casta, de la misma manera en que lo fortalecen a nivel de élites -especialmente a la hora de las negociaciones gremiales- haciéndose llamar tan ejecutivamente "profesionales de la salud".

Todo esto me recuerda que, tiempo atrás o quizás todavía, era común ver en los clasificados económicos el aviso "Médico vende auto". No era cualquier roteque -cualquier obrerucho, peluquero, profesor primario, comerciante o desempleado- quien quería vender su auto: era un médico. Poco importaba que el cacharro tuviera el motor ahogadizo como enfermo de asma o el chasís deforme como un esqueleto con artrosis o la pintura llena de globitos reventados como los de la soriasis: si el dueño era médico, para qué nos íbamos a fijar en detalles.
Florencia Browne
Las Últimas Noticias. Miércoles 16 de noviembre de 2005
Pablo Ramírez Torrejón (PD).
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