ESE GRAN PRESIDENTE de EEUU que fue Abraham Lincoln sentenció en algún discurso, mostrando una notable sabiduría, que a un hombre no se lo prueba en el sufrimiento, ante el cual todos, mejor o peor, sacamos fuerzas de flaqueza, sino que en el ejercicio del poder. El obrero que se convierte en capataz experimenta a menudo una transformación interior que lo torna irreconocible para sus antiguos camaradas, lo mismo que la funcionaria que asume una modesta jefatura. Y si ello es así en las instancias que manejan pequeñas cuotas de poder, cabe imaginarse lo que sucede más arriba. Con razón los romanos tomaban la precaución de poner al lado de quien estaba por ser ungido Emperador, en medio de las aclamaciones de la multitud, un esclavo que no cesaba de repetirle al oído “recuerda que eres mortal”.



A mediados de la década de los ochenta, desafiando corajudamente la dictadura del general Augusto Pinochet, algunos temerarios tuvieron la idea de publicar un opúsculo que recogía frases, la mayoría de ellas espontáneas, que el tirano había ido desgranando al calor del poder omnipotente de que disponía. Tales frases causaban hilaridad porque constituían un atentado a la razón y mostraban la excelsa idea de sí mismo que tenía el dictador, defecto que parece inevitable en quienes terminan acumulando cuotas reales o imaginarias de poder.



Con el Presidente Ricardo Lagos, democráticamente electo, podría hacerse otro tanto. Hay una serie de declaraciones espontáneas ("la boca habla de lo que en el corazón hay", sentencia la Biblia) que muestran el engolosinamiento que este personaje siente por sí mismo y que ha ido en aumento en el transcurso de su mandato. Algunas de ellas resultan francamente incompatibles con una mentalidad, no digamos progresista, sino que siquiera democrática.




Llevado por su egolatría, el Mandatario parece ignorar que estuvo a punto del naufragio, allá por la primera mitad de su prolongada gestión, cuando el escándalo MOP-Gate amenazaba con sacudirlo con extrema virulencia. Entonces vino en su auxilio la extrema derecha, representada por la Unión Demócrata Independiente, la UDI, la misma que es la más fiel heredera del legado pinochetista. Alguna vez los chilenos sabremos cuál fue la moneda de cambio que Pablo Longueira recibió de parte de un acosado Ricardo Lagos, a quien algunos observadores le anticipaban por entonces que no llegaría ni siquiera a completar su mandato.



Hay indicios de lo que significó aquella operación. La senadora Evelyn Matthei ha criticado con mucha dureza el colaboracionismo de la UDI con el Gobierno de Lagos, calificándolo de poco fructífero para la Alianza por Chile y perjudicial para el país. También el actual presidente de esa colectividad se ha condolido por la blandura disfrazada de cháchara severa que la derecha tuvo con el Gobierno de Lagos.



Como han señalado algunos analistas que han logrado permanecer inmunes a la propaganda oficialista, nunca ha quedado claro ante la ciudadanía en qué consistió exactamente dicha operación de salvataje, en la cual se vieron involucrados ministros, parlamentarios, dirigentes políticos y también la gran prensa que campea sin contrapeso en el país. Se ha preguntado uno de estos chilenos perspicaces, Patricio Tupper León, cuál fue el supuesto inminente peligro para Lagos que la UDI se anticipó a disipar. “¿Abrigaba tal potencial destructivo que lo conduciría a una votación para destituirlo en juicio político ante el Congreso, con el naufragio inexorable de la Concertación?; ¿guardaba la UDI antecedentes desconocidos que pudieron pesar en la balanza de la negociación?; ¿hubo intereses de la Alianza que se vieron favorecidos por el supuesto acuerdo, intereses políticos o económicos de grupos afines a la UDI?; ¿en qué forma los políticos pudieron haber intervenido en los tribunales para desviar el curso de la ministra Chevesich?



Ciertamente, las respuestas a estas preguntas las guarda bajo siete llaves la clase política, corrupta a lo ancho de todo el espectro, ya que en esta operación estuvieron involucrados desde socialistas hasta integrantes de Renovación Nacional y la UDI. Todos tenían algo que ganar con este acuerdo, y por supuesto los que más tenían que ganar eran los intereses económicos, los cuales se han visto generosamente premiados por el Gobierno.



Nunca antes las grandes empresas habían acumulado utilidades más gigantescas que bajo la gestión del socialista Ricardo Lagos, el mismo que 40 años atrás clamaba contra la concentración del poder económico en Chile. Pues bien, nunca antes en la historia del país la riqueza había mostrado un grado de concentración mayor que el que exhibe a mediados de la primera década del siglo XXI. No cabe ninguna duda acerca de quién es el principal beneficiado con esta situación. Pero Ricardo Lagos, que debiera mantener la prudencia y la modestia, ya que él está al tanto del secreto, se ha ensoberbecido por la destreza que exhibió para zafarse de tan incómoda situación y acumular ahora, gracias a un notable manejo comunicacional, a la virtual inexistencia de oposición y al apoyo de la gran prensa, sumado todo esto a la farandulización sistemática del país, un apoyo ciudadano sin precedentes al término de su sexenio.



Por eso es que el tono de sus enojos ante periodistas impertinentes que le formulan interrogantes incómodas, ha ido subiendo hasta llegar a la virulencia. ¡Ay ay ay de aquel que se atreva a cuestionarlo y a cumplir el papel que le cabe a un verdadero periodista!: recibirá una respuesta destemplada propia de un vejete cascarrabias que no acepta que se le interrogue en serio y que sólo consiente a dar entrevistas a los yanaconas del periodismo, que a cambio de una sonrisa complaciente y un tuteo amistoso, están dispuestos a servir de simples comparsas del ególatra que es capaz de decir: “el Presidente de Chile sabe lo que le conviene a los intereses del país”.



Tal declaración fue formulada meses atrás, cuando se encresparon las aguas con el vecino Perú y diversos sectores políticos formulaban recomendaciones, sugerencias y críticas. Si uno analiza esta declaración no puede menos que sentir horror por la mentalidad autoritaria que denota.



Si el Presidente de Chile sabe lo que hay qué hacer, ¿para qué tenemos entonces partidos políticos y opinión pública? ¿Tiene algún sentido la existencia de la oposición, que es consustancial a cualquier democracia, si el Presidente de la República, dotado de poderes tan amplios, como ocurre en la Constitución de Chile, sabe lo que le conviene al país? Mejor clausuremos el Congreso, cerremos los partidos, silenciemos la opinión pública y todo va a andar mejor. Al fin y al cabo tenemos un político omnisciente, casi como Dios, que no necesita que le indiquemos nada y que profesa tal amor al país, que sin necesidad de ninguna sugerencia ni estímulo, despojado de todo afán de beneficio mezquino para sí o sus familiares, va siempre a decidir en función de los intereses de la patria y mirando a largo plazo. ¡Qué conmovedor! Debiéramos proclamarlo monarca absoluto y vitalicio.



Más recientemente y a propósito de las acusaciones sobre la adquisición de insulina, que se formularon al Ministerio de Salud, el Presidente ha declarado: “No acepto que se ponga en duda la seriedad de las instituciones que hemos construido a lo largo de muchos años”. Entonces, ¿qué nos cabe ante las dudas, ante las sospechas, no digamos de corrupción, sino que simplemente de ineficiencia por parte de diversos organismos del aparato del Estado?



La mentada respuesta del señor Presidente es absolutamente inaceptable para una mentalidad democrática. En un Estado de derecho los ciudadanos tienen perfectamente el derecho de cuestionar, de preguntar, de sugerir, de criticar, de no aceptar argumentos de simple autoridad, como el que ha esgrimido Ricardo Lagos. Echa la caballería encima, abruma con el peso de su popularidad y aplasta los cuestionamientos, pero nunca el poder basta por sí solo para doblegar la razón, ni tampoco son suficientes los enojos, las llamadas de atención, las advertencias amenazantes. Nada de eso confiere la razón al que promueve argumentos o asume actitudes que son propios de mentalidades autoritarias.



Cualquier dirigente democrático tendría que prender una luz amarilla ante las palabras del Presidente Lagos y decir que así no se cultiva la democracia, que así no se educa al pueblo en el ejercicio de sus derechos, sino que se lo precipita a la sumisión borreguil y se convierte a los ciudadanos en simples espectadores de lo que es la democracia. Pero los políticos de la Concertación están demasiado ocupados en repartirse cargos y áreas de poder; y en cuanto a los de la oposición... para qué van a cuestionar a un hombre que ha servido tan brillante y eficazmente los intereses de los grandes grupos económicos y al que con toda razón lo postulan para volver a la Presidencia de la República el año 2010.



Así pues, estamos sometidos los ciudadanos pensantes y que creemos en la democracia, al peso abrumador de un contubernio que se siente feliz con un personaje que revestido de ropajes democráticos y progresistas muestra cada día más su auténtica veta autoritaria.



Este documento es netamente de Raúl Gutiérrez V



Pablo Ramírez Torrejón (PD)

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