¿Que es un operador político? Es un mafioso, un hombre de negro, un extraterrestre, o son el lado oscuro en las sombras de los Senadores y Diputados. Tratando de encontrar una definición o explicación a este tipo de personajes en La Nación de hoy 10 Noviembre 2006, escrito por Víctor Maldonado, trata de demostrar o definir quien
es el operador político y su poder al interior de los partidos y comandos políticos.

El operador es siempre operador de alguien. No son embajadores del averno, extraterrestres que se acaban de materializar. Son el lado en las sombras de las personalidades políticas que vemos a la luz del día. Esta no ha sido una buena temporada para los "operadores políticos". Casi no hay nadie que no haya escuchado este término que hace referencia a una función conocida por todos, pero desarrollada por personas a las que no conoce nadie... nadie que no esté funcionando activamente en la política partidista.

La forma cómo se les califica parece oscilar entre extremos. Debe existir un porcentaje considerable de la población que los considera poco menos que maleantes. Ese tipo de gente que más que currículo, tiene prontuario. Por otra parte, cualquiera que esté habituado a la vida política podrá recordar variadas circunstancias en que se habrá topado, en un partido, con cierta persona que transita con aire de estar plenamente consciente de su inusitada importancia y que es tratado con mucha deferencia por quienes lo rodean. Si, como es frecuente, no lo conoce y pregunta de quién se trata, se le responderá soterradamente, pero con cierta admiración: "Es un operador importante". O, simplemente, "es el operador de…". Porque -hay que recordarlo siempre- no se trata de personajes autónomos, sino de unos que están como adheridos a las figuras políticas públicas. Y no conozco a alguno que no los tenga.

El operador es siempre operador de alguien. No son embajadores del averno, extraterrestres que se acaban de materializar o angelitos de la guarda. Son el lado en las sombras de las personalidades políticas que vemos a la luz del día. Pero, ¿en qué quedamos?, ¿estamos hablando de personajes desprestigiados e impresentables, o son prestigiosos e influyentes?

Para responder estas preguntas hay que fijarse en un fenómeno que siempre ha estado a la vista de todos, incluso de aquellos que se hacen ahora los desentendidos, sean de Gobierno u oposición. Es cosa de detenerse a observar a algunos de los principales dirigentes políticos. Por la forma en que algunos se desplazan, uno duda de estar en una democracia.

El caso es que se mueven con la dignidad de nobles, cubiertos con una invisible capa de armiño. Tras ellos, a prudente distancia, pero sin perderlos de vista, se desplazan unos personajes de movimientos presurosos, siempre con un maletín o una carpeta (la realeza detesta transportar ella misma estos adminículos), la mirada fija en su líder, siempre atentos a detectar quiénes se acercan, incluyendo los posibles rivales. Ese es un operador, pero en estado larvario. Para decirlo todo de una vez, aun sabiendo que esto hace sonrojar a más de alguien: conspicuos representantes de la nobleza política criolla partieron sus carreras literalmente corriendo con maletines que no les pertenecían (y otros artefactos que es innecesario detallar) tras un político consagrado. El que tenga curiosidad, que vea fotografías "antiguas" y, en vez de mirar al protagonista, que mire más atrás y verá a la "cara conocida" de hoy con una expresión de particular timidez y una actitud de disposición al servicio un poco llevada al extremo. Pero, como todo en la vida, el operador crece y se desarrolla.

Tiempo después, su aspecto físico ha cambiado. Mejor ropa, una llamativa corbata (casi nunca de buen gusto) y unos kilos demás. Se le nota más desenvuelto. Si a su líder le ha ido bien, se puede observar al operador seguido por lo que podríamos llamar un "medio-operador", al que trata con cierta dureza, haciéndole sentir su creciente importancia. La consagración del operador (su graduación) se produce -por dar un ejemplo- cuando su jefe está a punto empezar una conferencia de prensa. El personaje se le aproxima con desplante y, sin atender a nadie más, pone una mano en el respaldo de su jefe, la otra la apoya en la mesa plagada de micrófonos y se acerca a susurrarle algo al oído. Si su jefe le escucha con atención y puede devolverse con una instrucción sólo por él conocida, es que ha pasado a otra categoría dentro de su especialidad.

Luego, el graduado evoluciona y llega a los más variados destinos: puede que siga junto a su jefe, llegue a la dirigencia partidaria, que él mismo se convierta en líder público o sea recomendado para un puesto. Algunos de los que más han llamado la atención son éstos últimos. Jorge Schaulsohn dijo: "No se puede poner a cualquier picante" en los puestos públicos. Es razonable. En verdad, no se me ocurre lugar alguno donde parezca conveniente ubicar a alguien mediocre o de costumbres sospechosas. Pero la afirmación no pierde nada de su fuerza. Siendo estrictos, la denuncia el ex presidente del PPD no ocurre. No es efectivo que llegue "cualquiera", porque llega el "picante" de alguien. Ése es el problema. Un operador es un ejecutor, pero quien promociona, quien antes decidió hacer algo, no es él. Él hace lo que está entre lo que aprende y le fue enseñado. Puede llegar tan lejos como lo formen o deformen. Hay que ver a su maestro, de quien él es un reflejo.

No hace mucho los partidos se conocían por sus variados integrantes, que tenían relación con la riqueza de la vida partidaria. Ideólogos, organizadores, oradores, planificadores, expertos asociados, dirigentes sociales, artistas o creadores. Sobre todo, voluntarios. Siempre recuerdo el impacto que me causó una encuesta hecha en dictadura. En una pregunta se interrogaba de modo directo: "¿Tiene usted un puesto importante en su partido?". Alguien dijo con orgullo y dignidad: "Sí: soy militante".

Los operadores son expertos en el uso eficiente del poder partidario con la finalidad de generar más poder partidario donde estén. Si alguien aprendió sólo eso, es porque sólo eso le enseñaron. Si a alguien se le olvidó enseñarle ética, es ése quien está en deuda. Si no se tiene el hambre por aprender y superarse cada día, y lo que le queda es el hambre a secas, la mediocre es su organización partidaria. Si no sabe vivir fuera de la política, tampoco sirve para la política: alguien lo transformó en parásito y quien así procedió es peor que un parásito. Los operadores son como chóferes, ajedrecistas, dentistas o bailarines de ballet: hay buenos y malos. De lo que hay que preocuparse es de sanear el lugar donde nacen, se forman y viven. Es necesario volver a sentir orgullo de ser militante, y eso ocurrirá cuando los dirigentes cambien de "¿dónde voy que me puedan pagar?" a "¿dónde voy que pueda servir?". Si no pueden cambiar de pregunta, mejor cambiarlos a ellos. Algunos se consideran buenos porque no están en nada de esto y han abandonado su partido. Mientras lo hagan, no son buenos. Son inútiles: dejaron de luchar y dejaron espacio para tanto estiércol.

Voy a contar algo que no pertenece a mi tradición, pero que me produce respeto. Hace muchos años Salvador Allende interrumpió una conferencia de prensa para contar que una mujer pobre le había entregado sus míseros ahorros para su campaña. Le dijo algo así como "usted puede usarlos mejor para todos nosotros". Sólo pudo llegar hasta ahí. Porque al recordarlo no pudo detener su llanto. Lloró mucho, amargamente, delante de todos, en medio de un silencio sepulcral y respetuoso. Usted y yo sabemos por qué lloró. Al final se contuvo. He sabido que después no abandonó la lucha. Tal vez otros debieran empezarla.
Pablo Ramírez T (PD)
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